Entrevista en La Nueva España con Edita Gruberova.

Por Cosme Marina:

—El peso de los montajes escénicos ha dado un vuelco al concepto de la lírica.

—¡Qué puedo decir al respecto! Cuando se habla actualmente de las puestas en escena debe tenerse en cuenta que no es el mismo concepto que se empleaba décadas atrás. Antes, reitero, la música era lo más importante. Cuando cantaba en los inicios de mi carrera óperas como «La flauta mágica», «Lucia» o «Ariadna», quien mandaba era el director musical. Recuerdo, en este sentido, el trabajo que realizaba Giuseppe Patané. Y desde la escena no se realizaba una dirección contra la música porque profesionales como Giorgio Strehler, Franco Zefirelli o Jean Pierre Ponelle, entre otros muchos, pertenecían a una generación que hacía teatro de verdad, a nivel muy alto y con una gran cultura musical. O lo que es lo mismo, entendían la música y sobre ella construían la escena.

—Ahora el proceso casi es a la inversa.

—Es, sin duda, la mayor modificación del mundo de la ópera en estos años y lleva a que la música esté quedando en un segundo plano y ya casi ni las críticas mencionan a los cantantes, y, a la vez, los directores musicales permiten a los de escena verdaderas atrocidades. Y esto no debería pasar. Alguien puede llegar a pensar que la ópera es algo anticuado, pero es un género en el que la música va primero y el teatro, detrás.

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