Entrevista en La Nueva España con Jennifer Larmore, que ofrece hoy un recital en el Campoamor.

Por Cosme Marina:

—¿Qué programa ha preparado para su primera actuación en el Campoamor?

—Este recital incluirá canciones y arias que buscan satisfacer al público habitual de la lírica. Mi maravilloso acompañante, el pianista Antoine Palloc, y yo hemos preparado arias de Haendel, canción francesa, Rossini y también canciones españolas. Para realizar cada programa tengo en cuenta el lugar donde canto pasando por el tipo de público o lo que siente mejor a mi voz. Si yo estoy contenta con el repertorio que interpreto y lo canto muy bien, entonces también podré hacer feliz al público.

—Cada vez canta más en España.

—Me encanta cantar en España. De todos los países europeos, éste es el que mejor oportunidad ofrece para que se desarrollen los artistas y de encontrarse ante un público preparado, porque los españoles aman las artes.

—Ha cultivado en abundancia el ámbito barroco.

—Cantar barroco es un tónico para la voz. Aporta agilidad al instrumento y satisface el desarrollo artístico ofreciendo desafíos que existen en otros repertorios y requiere técnica depurada.

—Tras dos décadas de trabajo, ¿ha cambiado mucho su profesión?

—El mundo de la ópera ha cambiado completamente desde que yo comencé mi carrera hace veinte años. El poder está en las manos del director de escena y no de los músicos. Y entonces acaba siendo prioritario que el cantante tenga buena presencia antes de que su voz sea la adecuada para un personaje determinado. Por ejemplo, Deborah Voigt, con una voz maravillosa, fue despedida en el Covent Garden de Londres en la obra «Ariadne auf Naxos», de Richard Strauss, porque no se podía poner un esbelto vestido negro de cóctel. Hollywood se ha infiltrado en el mundo de la ópera y ya se sabe que la imagen lo es todo. Esto, en principio, estaría bien porque los cantantes cada vez estamos más en forma para aguantar los rigores de una carrera de viajes y cambios constantes, pero no se puede convertir en una tiranía.

—Son los directores de escena los que mandan.

—Sí, son los nuevos divos. Ahora los cantantes tenemos que saltar a través de aros, escalar un árbol y otras cosas mientras cantamos un aria. Todo gravita alrededor de lo visual y cada vez menos en la voz en sí misma.

—¿Están los cantantes suficientemente preparados?

—Joan Sutherland una vez me dio un consejo que siempre he tenido presente. Me dijo: permanece bajo los focos tanto tiempo como sea posible. Si tu técnica es buena al comienzo de tu carrera no hay ninguna razón para no cantar bien hasta que te mueras. Aquellos artistas cuyas carreras son cortas se explican porque hay problemas de base. El gran tenor español Alfredo Kraus es buen ejemplo de artista que cantaba muy bien siendo septuagenario.

—¿Qué influye para que despegue una carrera?

—La belleza de la voz humana está en que cada cantante, cada concierto y cada teatro son únicos. Tener éxito en este negocio depende de muchos aspectos, desde los contactos, a las preferencias personales, a creer en nosotros mismos y el apoyo de la familia, los agentes y amigos.

—¿Ya no hay divas?

—Si de algo me enorgullece mi carrera es que puedo irme a dormir por las noches sabiendo que he dado lo mejor de mí, al cien por ciento. En el escenario doy mi vida a la música. No me gusta competir. Para algunos agentes he sido una persona difícil porque no causo problemas. Todos sabemos que de las divas problemáticas se habla mucho, son muy mediáticas. Yo no soy nada de eso. Soy la antidiva.

Vía: La Nueva España

La Voz de Asturias (otra entrevista)