Entrevista en el Diario de León con Kiri Te Kanawa.

Por Miguel A. Nepomuceno:

«Cuando se habla de Dame Kiri Te Kanawa de inmediato surge la idea de una diva en el más estricto sentido del término. Sin embargo, nada más lejano de ese cliché estereotipado al que tan aficionados son aquellos que les gusta colgar etiquetas a los famosos y en especial a quien no conocen. Kiri es natural, espontánea y sobre todo sincera, con esa sinceridad que otorga la vida a aquellos que siempre han tenido que llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos. Su encanto radica precisamente en eso, en saber elegir entre lo que realmente merece la pena y lo que se vende envuelto en papel de celofán.

"No soy una diva, sino una artista que busca revelar la verdad del canto en cada frase, en cada gesto, en cada movimiento. Soy cantante en el escenario, fuera de él soy como cualquier artista enamorado de su arte". Estas palabras revelan hasta qué punto Kiri mantiene esa independencia de espíritu que le permite acercarse con total libertad a los personajes más comprometidos y aparcarlos con la misma naturalidad en el momento en el que acaba la representación para ser de nuevo ella misma».

—Su versatilidad en diferentes campos de la música como el jazz, el pop o la lírica ha sido siempre una de sus cualidades más alabadas, ¿cuál es el secreto para adaptarse con tanta facilidad a todos ellos?

—Los estilos y los compositores varían mucho de unos a otros, pero creo que el secreto radica en mantenerse fiel a cada uno de ellos. Cuando paso de uno a otro los enfoco como si fueran canciones populares especialmente si tienen palabras encantadoras y un aire atractivo. Eso es importante tanto si la música es de Wagner como si es de Andrew Lloyd Webber.

—Su carrera está principalmente fundamentada sobre dos compositores a los que ha dedicado mucha atención y estudio: Mozart y Strauss. ¿Qué tiene el primero que todas las cantantes se vuelven locas por interpretarlo?

—Mozart es como un tranquilizante para mí, pero también es tremendamente técnico y exigente tanto en el aspecto musical como en el dramático. Es fascinante y un reconstituyente de la voz, porque su música es limpia, desprovista de todo lo superfluo, por lo que es imposible disimular nada y mucho menos cantarlo mal, porque el resultado es devastador. Dramáticamente, porque hay que encontrar la manera de expresar pasión, emoción dentro de esa forma clásica y limpia. De cualquier modo es algo muy difícil de explicar para mí. Yo no me expreso con la claridad que necesitaría esta música. Tampoco me gusta analizar demasiado los papeles y no tengo mucha facilidad de palabra; eso se lo dejo a los políticos.

—Considerada como una de las más grandes Doña Elvira de la historia, por temperamento y voz, ¿cómo se enfrenta uno por vez primera a un personaje tan rico pero a la vez tan complejo y que usted ha grabado en dos ocasiones, la primera para la Royal Opera House Covent Garden y la otra para el D. Giovanni del filme de Losey?

—Exige un profundo estudio del papel, e implica escuchar muchos consejos de expertos. Trabajé tanto con el personaje como con la música durante al menos dos años antes de que estuviera realmente en mi voz, y antes incluso de que lo llevase al escenario. En mi primera grabación, que dirigió Sir Colin Davis, era aún una joven inexperta. No fue un defecto del maestro, fue más del productor de grabación, quien me indicó lo que tenía que hacer. Sentía que el registro en el estudio seguía un proceso demasiado largo. Sabía que podría hacer un papel más creativo, que expresara mejor mi visión del rol. Siempre creí que podía dar a Doña Elvira una interpretación más agresiva que la que estaba haciendo en el estudio de grabación. Eso fue lo que luego hice bajo la dirección de Joseph Losey para la película. Había suficiente concentración en el aspecto dramático del papel, y pude hacer un retrato más creíble del personaje de Doña Elvira.

—Muchos son los papeles por los que usted es conocida mundialmente pero hay tres en los que ha brilla de modo especial: 'La Condesa en las Bodas de Fígaro', 'Arabella', de Strauss y más recientemente 'Vanesa' de Samuel Barber. ¿Cual ha sido su experiencia con ellos?

—No considero ningún papel mejor que otro. Con cada papel que he realizado he tenido que invertir una gran cantidad de tiempo y estudio y me he acercado a todos ellos con la misma energía. Por supuesto que algunos se adecúan a mi personalidad y naturaleza más que otros, pero disfruto la intensidad de hallar el papel dentro de mí misma.

El momento más difícil para mí de esta ópera es siempre cuando canto Porgi amore porque hay que hacerlo nada más salir a escena, sin tener tiempo para calentar la voz. Para estar a punto lo que hacía era seguir el consejo de uno de mis maestros preferidos Sir Colin Davis que me decía que lo hiciera tres o cuatro veces en el camerino antes de salir a escena. No sé cómo conseguí interpretarla; es como pedir a una cámara que explique cómo toma cierta fotografía.

—Sin embargo es con Strauss con el que usted siempre se ha sentido más cómoda y con el que se ha encontrado en su verdadero estilo, especialmente con Los Cuatro Últimos Lieder, Capriccio y Der Rosenkavalier, que han sido y son una fuente de inspiración para todo cantante. ¿De qué manera prepara, por ejemplo, un personaje tan complejo como la Arabella?

—Cuando canto Strauss, es como si la música se acoplase a mí como un guante. Mi voz corre muy cómoda en esta música, que es lírica y apasionada a la vez. Ha habido otras sopranos que han sido ideales para Strauss, como Elisabeth Schwarzkopf, pero trato de no pensar en ellas demasiado. Me espanta hacerlo, y acabaría por creer que eran tan buenas que no tiene objeto tratar de imitarlas. Respecto a cómo preparo un personaje como Arabella, que me llevó un año meterlo en mi voz, debo decir que en mi personalidad hay mucho de Arabella. Yo puedo apartarme de las situaciones emocionales y las crisis y mirar las cosas fríamente. Si uno escucha la música cuando Arabella baja por las escaleras en el último acto, con una copa de agua en la mano, se puede oír la suavidad de una mujer. Y una mujer es maravillosa cuando se ablanda y se la ve femenina entregándose a un hombre. Eso se puede oír en la música, esa humildad que es todo lo que una mujer debería tener de vez en cuando.

—Luego vino El Caballero de la Rosa con Solti en 1981, en el Covent Garden, producida por John Schlesinger, algo que repitió en noviembre del 84 y febrero del 85 ¿Qué personaje tiene más dificultad, Arabella o la Mariscala?

—La Mariscala es como un rompecabezas, mucho más difícil que Arabella. Desde un punto de vista dramático, los primeros minutos son los más complicados que puedan existir en cualquier ópera. Una vez superados esos minutos en los que estás en la cama con una mujer, se puede hacer cualquier cosa. Para que la acción progrese con naturalidad es necesario estar tranquila y concentrarse en el largo monólogo que hará la Marsicala al final del acto. Si no lo haces así, corres el peligro de sentirte confundido y echar todo por la borda.

—Entonces ¿cuál es el secreto para cantar a Strauss y no morir en el intento?

—Todo se reduce a saber si puedes cantar todos esos millones de notas y sentirte cómoda, ya que la música de Don Ricardo es muy especializada y diez veces más difícil que cantar ópera italiana, lo que explica que sea menos popular. En la ópera italiana siempre puedes permitirte una pausa para los aplausos, pero con Strauss no se puede uno conceder un minuto de respiro.

—Continuando con Strauss, la segunda vez que cantó el papel en el Covent Garden acababa de pasar una crisis; ¿eso le ayudó a entender mejor al personaje de la Mariscala?

—Si tienes algunas canas es más fácil entenderlo. La Mariscala es una mujer contemplativa, introspectiva con mucha vida vivida, por eso su personaje debe emanar sabiduría, experiencia y seguridad. Las grandes sopranos straussianas como la Schwarzkopf, la Lot, la Reining, fueron mujeres ya maduras cuando enfrentaron el personaje, y eso les ayudó bastante, aparte de dominar el alemán, algo que a mí me ha costado lo suyo, y fue gracias al maestro Solti como logré domeñarlo para cantar Strauss.

—Volviendo atrás en el tiempo, creo recordar que usted cuando llegó a Inglaterra era mezzosoprano y que poco a poco cambio la tesitura hasta convertirse en soprano. ¿Fue difícil ese cambio, especialmente cuando tenía estudiado un repertorio de mezzo?

—Las voces cambian de forma bastante natural y mi voz actual no es la misma que cuando yo era joven. Entonces era de manera natural una mezzo, pero a medida que crecía y me desarrollaba, me convertí en una soprano. Es una evolución lógica. No puedes decidir ser una mezzo o una soprano: eres por naturaleza lo uno o lo otro.

—¿Fue su primera maestra Vera Rozsa la que le ayudó en ese cambio?

—He tenido otros profesores en New Zelanda, por lo que mi primera profesora no fue Vera Rozsa. Pero ciertamente contribuyó de manera decisiva en la ayuda del desarrollo de mi voz, y fue realmente una profesora maravillosa que me ayudó muchísimo a lo largo de mi carrera.

—¿Y Solti?

—Con Solti perfeccioné mi alemán hasta llegar a dominarlo. Me ayudó mucho. Los dos eran judíos y húngaros, y su energía, cuando se concentraban en la música, era increíble. Tomaban su trabajo con tanta intensidad que consiguieron convertir a una persona perezosa como yo en una adicta al trabajo. Sin ellos jamás hubiera tenido la habilidad, la fuerza y el impulso necesarios para salir adelante.

—¿Qué sucede cuando un director o un régisseur, le piden que haga algo con lo que no está conforme?

—Cuando te piden que hagas algo en una producción con lo que no estás contenta, lo más normal es que sea algo que requiera discutirlo detenidamente y negociarlo hasta llegar a un acuerdo amistoso con el que estén cómodas ambas partes. De todas maneras aquí también hay de todo, y sobre todo malo. Se hacen barbaridades auténticas y nadie puede decir nada porque ellos son los amos. A mí me gustan las escenografías novedosas que se salen de los estereotipos, pero de ahí a que se pongan a cambiar la historia, a vestirte de esto y de lo otro sin tener en cuenta el momento histórico y lo que el compositor escribió, va un abismo. Bajo el manto de la novedad hoy se cometen barbaridades. Afortunadamente ahora yo ya no tengo que pedir excusas ni pareceres a nadie. Si me gusta y me convence, bien, sino ahí queda. Eso, hace unos años, era tarea más que imposible.

—Solti, Berstein.. son ya irrepetibles y casi impensables en la actualidad. ¿Echa de menos gente así hoy día?

—Completamente. Eran increíblemente especiales.

—Usted siempre se ha definido como muy exigente consigo misma; ¿es lo mismo con respecto a los que le piden consejo?

—Aunque no tengo alumnos propiamente dichos, puesto que yo no doy clase, siempre aconsejaría a los jóvenes que trabajasen duro, ya que a la larga se tienen beneficios y puede resultar increíblemente satisfactorio. La naturaleza de este trabajo exige un enorme esfuerzo, y si realmente quieres adquirir grandes cosas tienes que echarle tiempo. No hay atajos.

—¿Qué ventajas tiene el concierto sobre la ópera?

—La opera es muy intensa y puede ser un trabajo muy duro. Los conciertos no tienen las exigencias de vestuario, cambios de escena, accesorios y todos los estorbos que forman parte de la ópera, por lo que son mucho más libres y te permiten centrarte totalmente en la música.

—Su amplio repertorio abarca desde el barroco al oratorio contemporáneo, pasando por unas personalísimas canciones de Broadway. Para los amantes de la ópera son ya históricas sus interpretaciones en la escena final de Arabella o Capriccio, o la impagable del espejo en Der Rosenkavalier y ha hecho suyos algunos papeles verdianos como Desdemona o Amelia Boccanegra; ¿esto se debe sólo a una esmerada técnica o ha intervenido su predilección personal por ellos?

—Es la culminación de una carrera de 40 años. Ir añadiendo papeles a tu repertorio es algo que construyes muy gradualmente, y toda la experiencia tanto vocal como la que has ganado en el escenario hace esto posible. No podría haber tenido el éxito que tuve con ninguno de esos papeles al comienzo; vas construyendo tus habilidades una sobre otra a lo largo de un extenso periodo de tiempo, por lo que al final es una combinación de lo que has aprendido, destreza desarrollada y habilidades naturales.

—La fundación que lleva su nombre es una manera de compartir su rica experiencia. ¿Cómo reciben todo esto esas jóvenes voces a las que ayuda?, ¿qué es lo que más le piden o le preguntan?

—Fundé la Kiri Te Kanawa Foundation en New Zelanda, y su contrapartida inglesa, Friends of the Kiri Te Kanawa Foundation , en el 2004. Mi objetivo es encontrar cantantes y músicos de gran talento. Mi intención es la de ser su mentor y luego, cuando abandonan Nueva Zealanda descubro que lo que piden más a menudo es la oportunidad de trabajar con especialistas en otras partes del mundo. En muchas ocasiones me preguntan cuál es el secreto y mi respuesta es siempre la misma: trabajo duro. Esta profesión es muy exigente y eso es lo primera que deben aceptar y asumir. Con solo tener talento no basta para tener una carrera exitosa.

—¿Cree usted que hay buenos maestros o por el contrario se está a falta de ellos?

—Hay algunos maestros muy buenos, pero siempre vienen bien más expertos.

—Las prisas, la competitividad, la ambición, son enemigos del arte, sin embargo parece que son los que priman en la actualidad ¿Se resiente de todo ello la ópera actual?

—Sí, creo que sufre. Parece que la imagen es lo que prima actualmente, pero para mantenerte necesitas tener una voz, y una muy bien entrenada y eso no es posible sin haber estudiado en su momento.

—¿Es usted optimista respecto al futuro de la ópera?

—Me gusta pensar que sí.

—¿Cuál es el consejo que más suele dar a una joven voz que empieza?

—Digo a los jóvenes cantantes que no teman decir que no cuando les piden algo con lo que tienen dudas al respecto. Si no estás seguro de que estás preparado para cantar un aria o partes determinadas, no temas decir que no. No fuerces la voz desde muy joven. Dale tiempo a que se desarrolle.

—No sé si usted sigue la actividad lírica española; de ser así, ¿cuál es su opinión sobre el panorama actual de la ópera en España y cómo se ve desde fuera?

—Los cantantes españoles siempre han sido tenidos en muy alta estima y actualmente lo están haciendo muy bien dentro del mundo clásico.

—Qué opina de la eclosión de excelentes voces hispanoamericanas que están surgiendo ahora mismo, como Juan Diego Flórez, Ramón Vargas, Ricardo Villazón.

—Siempre y cuando sea una buena voz, no me importa de donde provenga.

—¿La música es lo más importante en su vida?

—La música es una de las cosas más importantes en mi vida, junto con ser muy feliz.

Vía: Diario de León.com

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Actualización (28/10/06):

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