Entrevista en ABC con la soprano rumana Leontina Vaduva. Por J. J. Ponce:

—¿Le molesta que se la asocien con papeles afables y de cierta delicadeza?

—Es cierto que hay gente que lo hace, pero olvidan que he interpretado personajes que no lo son tanto, recuerdo en Don Pascuale, La gazza ladra o la Alice Ford (Falstaff) ... Hay gente que me asocia a la condesa de Le nozze di Figaro cuando yo me siento más próxima a la Susanna. En cualquier caso el cantante debe saber trasmitir emociones que hagan olvidar los problemas de la vida. Por eso intento meterme en la psicología del personaje. Debe haber un estudio escénico del gesto, y música y teatro deben ir cogidos de la mano. Especialmente en esta época.

—¿Selecciona el repertorio o se adapta a él?

—Intento seleccionarlo. Mi timbre de voz va mejor para ciertas partituras. Mi voz no me permite hacer Tosca, se necesita una voz más dramática. Pero dentro de unos años podré cantar la Manon Lescaut. La voz cambia, especialmente después de ser madre.

—¿Cree que hoy se utiliza el marketing para lanzar una nueva voz?

—Sí, pero es el público el que finalmente decide. A pesar del marketing es la gente la que ama o no una voz, sin embargo es cierto que estamos en una época donde es importante.

—¿Qué opinión le merece las incursiones de los cantantes modernos en la lírica?

—La música lírica es algo que fascina. Todo el que canta y oye una voz operística se siente atraído, es como ver una gimnasta haciendo suelo. Pero requiere una intensa preparación y no se pueden saltar los estadios evolutivos de la voz. No olvidemos que es el propio público quien selecciona el cantante. Ahora bien, hay una nueva escuela de cantantes que está diversificando el repertorio y olvida algo que decía Alfredo Kraus: «Hay que respetar la voz porque es un tesoro único». Vivimos en una sociedad de consumo, es cierto, pero no podemos perder la calidad. Una ópera no se puede preparar en tres días.

—¿Cuánto dedica a preparar un personaje?

—Aproximadamente un año o año y medio. Es como madurar un buen vino.

—¿Su personaje es Mimí o Manon?

—Los dos. Una mujer es tanto una como otra. Debe ser una gran amante pero también tener generosidad y bondad. Ahora, musicalmente me encuentro más en la música de Puccini, quizá por mi personalidad.

—¿Qué papel le ha emocionado más?

—Oh, son tantos... Quizá Manon Lescaut me haga salir las lágrimas. También la Traviata, es oír la primara nota y comenzar a llorar.

—¿Hay un papel para la Vaduva?

—Uf, creo que la Manon. Pero también la Blanche del Diálogo de carmelitas. Este último personaje es increíble, con una intensidad insospechada. Es como un perfil más de Leontina Vaduva. Uno es poliédrico. Ahora bien como personaje me quedo con la Susanna (Le nozze di Figaro). Ella es la humanidad al servicio de los demás. Dar de uno todo lo que tiene. Quizá sea la clave del éxito. Y no hay que olvidar a la familia. En mi caso mi familia me da equilibrio y, con independencia de los papeles que asumo, me devuelve a la realidad.

—¿Se da cuenta que desmonta el mito de la diva?

—Nunca he creído serlo. Es bonito que la gente te vea así. Eso significa que te ven como alguien que ha alcanzado altura en su trabajo, que busca el perfeccionismo y es generoso dando aquello que sabe hacer. Si la gente lo aprecia está bien, pero me gusta ser diva solo en el escenario, fuera me olvido, soy un ser humano normal. Es importante que los artistas nos ayudemos, nos animemos entre bastidores; eso nos hace ser más reales, no perder el horizonte.

—¿Hay algo que no volvería a hacer en su carrera?

—Sí, seguramente Don Pascuale o L´elisir d´amore. Pero deseo incorporar otros personajes, entre ellos la Manon Lescaut o la misma Tatiana. Aún me queda mucho por dar.

—¿Qué valora más una crítica favorable o una opinión contraria?

—Una crítica justa, con un análisis serio del trabajo. Yo siempre las leo, porque son una imagen de lo que siente el público y eso me ayuda a mejorar.