¿Qué pasó el otro día en el Teatro Real que creo que hizo llorar usted a todo el equipo con un discurso improvisado?

Soy muy espontánea, natural, lo que me pasa por la cabeza lo suelto. Dije algo sobre la identidad europea y cómo debemos defender los legados de nuestras religiones como parte de ella. Pero no hablemos de cosas filosóficas, soy cantante. Yo crecí en un país comunista y no sé santiguarme, ahora cada vez que lo hago en los ensayos con esta madre superiora, tengo que concentrarme porque los ortodoxos cruzan la mano de derecha a izquierda y los católicos al contrario, ¿o es al revés? En Tosca también me pasaba.

¿En Tosca? ¿Después de todas las que ha hecho usted?

Muchas, 400 o más, como Madama Butterfly, lo mismo. Todas acaban suicidándose o haciéndose el haraquiri, pero nunca me había pasado lo que me ocurre con Madame de Croissy, esta mujer de Diálogo de carmelitas. Me estremece, no me puedo controlar en escena, la pobre. Se pasa 40 años rezando, entregada a Dios, y en el último momento, cuando va a morir, pierde la fe y se rebela contra todo eso. Es terrible.

¿Le da miedo que le ocurra a usted?

No se puede decir que yo sea religiosa. Creo en valores firmes, en la justicia, la busco siempre. También en el hombre y en el arte. No es que piense que el arte puede cambiar el mundo, pero sí mejorar al hombre, hacerle más espiritual, más sensible, más bueno.

Más, en El País.