"La velada fue larga y cuando el Liceo ya estaba silencioso apareció por la Barceloneta el cantante, acompañado de Bavaj, para interpretar una pieza en directo. Y la canción no podía ser otra: Rosor. Así se lo reclamaba el público en pie y el cantante no iba a regateársela. 'Rosor, no desfassis la il.lusió'. El público se partía las manos y pedía otra pieza. No la hubo. Hacía fresco a esa hora y la 'ilusión', Carreras ya se la había dado".
"El tenor se concentró en el programa dejando las palabras de agradecimiento para su aparición en la playa. Nadie quiso faltar a la cita. Familia, amigos y fans, como esas japoneses que le siguen a todas partes, estaban allí".
El próximo día 17 José Carreras celebra sus 50 años de carrera con un homenaje recital en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, donde inició su trayectoria artística.
Desde ayer, 5 de junio, y hasta el 30de julio, puede admirarse en el teatro que le brindó la primera oportunidad, su casa, la exposición 'José Carreras, el hombre, el artista'.
(Ilustración: Arévalo)
Entrevista con el tenor. Por Rubén Amón
–Medio siglo de carrera y de Carreras. ¿Siente vértigo? –Debo aclarar que no tengo 80 años ni soy un anciano (se ríe). Y que me beneficio del atenuante de la precocidad. Porque era un niño cuando pisé el Liceo la primera vez. Y nada menos que al lado de Iturbi. En realidad estoy muy feliz de que el teatro de mi ciudad y de mi vida se haya volcado en este homenaje, en esta iniciativa. He tenido con el Liceo un vínculo extraordinario, profesional y personal. Así que la posibilidad de volver a cantar y a ver a mi gente me llena de emoción.
–La exposición rescata imágenes, crónicas, vídeos… ¿Ha sido para usted como revolver los recuerdos? ¿Qué impresiones se le vienen a la cabeza después de visitar o revistar su álbum personal?
–Bueno, se me vienen recuerdos fundamentalmente entrañables. Me acuerdo, por ejemplo, con especial cariño de mi debut al lado de Montserrat Caballé, cuando hicimos Lucrezia Borgia. Y también hago inventario de los personajes que he llevado a escena. Muchos. La cuenta creo que llega a 25 ó 26 y muchas de esas óperas, como Andrea Chénier, Herodiade o La forza del destino, la canté por primera vez en mi vida entre las paredes del Liceo. Si hago memoria, creo que estos cincuenta años son una mezcla intensa de tensión, nervios, satisfacción, emociones, miedos, éxitos.
–¿Cuál consideraría que ha sido para usted el peor momento del medio siglo? –Sin duda, el incendio [1994]. Fue un momento dolorosísimo, durísimo para todos. Es como si se nos hubiera quemado la casa. Fue un golpe tremendo, aunque la reacción general que se produjo para reconstruirlo me impresionó. Por una vez todas las administraciones se pusieron de acuerdo. Y hubo una reacción ejemplar de la sociedad civil gracias a la cual pudo volver a inaugurarse.
–¿Y el momento más feliz? –Curiosamente no fue una ópera o un concierto en el que yo cantaba, sino una experiencia imprevista, espontánea[1988]. Recién llegado de Seattle [la ciudad donde Carreras se trató la leucemia] me animé a ir al Liceo como espectador. Cantaban Plácido Domingo y Renata Scotto. Concretamente Fedora. Yo estaba en un palco, escondido. Y aprovechando el descanso me acerqué a saludar a los cantantes. Plácido decidió entonces “arrastrarme” hasta el escenario y me hizo saludar delante de los espectadores, que no sabían de mi presencia. Fue un momento de una intensidad tremenda. Una bienvenida que no voy a olvidar nunca.
–...Y el origen de una amistad con el propio Domingo. –Es verdad que habíamos tenido alguna discrepancia en el pasado, concretamente en Viena, pero Plácido siempre fue un buen colega y luego un excelente amigo. Hemos pasado muchas, muchas horas juntos. Especialmente en las giras de los tres tenores. Discrepamos cuando hablamos de fútbol [Carreras es del Barça, Domingo del Madrid], pero coincidimos en muchas cosas más.
–¿Tiene la impresión de que los conciertos de los tres tenores han sido efectivamente una fórmula de divulgación operística? –Estoy convencido. Y no es una cuestión de demagogia. El fenómeno de los tres tenores ha llevado la ópera donde parecía imposible y ha llegado a un tipo de público que de otro modo nunca habría tenido acceso. Ha sido un vehículo de iniciación. Igual que lo fue para mí y para otras muchas personas la figura de Mario Lanza. Yo “decidí” hacerme tenor después de ver El Gran Caruso en un cine que, por si hubiera dudas, se llamaba Gayarre. Me consta, porque lo he visto, que la idea de los tres tenores ha roto una barrera. Ha generalizado la ópera.
–Domingo y usted se han quedado sin Pavarotti. ¿Cómo sobrelleva el luto del tenor italiano? –Fue un golpe muy duro, una pérdida terrible. Y me jacto de haber tenido una relación personal muy estrecha con Luciano. De él siempre me ha atraído su filosofía de vida. Su mentalidad de contadino [hombre del campo]. Y lo digo con el mayor de los elogios, porque Luciano hablaba con gran sabiduría de las pequeñas cosas y de las importantes. Era un hombre agudo, perspicaz, simpático, audaz. Desprendía un enorme calor humano. Te hacía sentir muy próximo.
–No ha sido la de Pavarotti la única pérdida que usted ha sufrido en 2008. También ha muerto Giusseppe Di Stefano. Probablemente el tenor que más ha podido admirar. –Ha sido triste el final del maestro Di Stefano. No llegó a recuperarse de aquella agresión que sufrió en Kenya. Qué puedo decir de él. Quizá que lo escucho cantar todos los días. Siempre encuentro un momento para poner un disco y admirar la entrega, la generosidad con que Di Stefano cantaba. Es el ídolo de mi vida. Sobre todo porque, más allá de sus condiciones vocales, artísticas, a mí me hubiera gustado dar tanto como yo recibía de él. Se vaciaba. Se entregaba.
–La crítica italiana se apresuró a compararlo con usted después de su debut en los grandes coliseos trasalpinos. –Para mí fue un reconocimiento inesperado y desmesurado. Ser comparado con el cantante que más admira uno… ¿Paralelismos? Sí puedo decir que yo siempre he sido sincero cantando. Siempre he salido al escenario convencido de lo que hago. Soy de verdad. Lo que hago en el escenario, lo siento. Y creo que esa sinceridad puede reconocerse como una columna vertebral en estos cincuenta años de carrera.
–¿Qué lugar ocupa Karajan en el medio siglo que menciona? Estamos celebrando el centenario de su nacimiento y el maestro austriaco desempeñó un papel determinante en su carrera, ¿no? –Karajan era un músico extraordinario. Tuve la suerte de colaborar con él más de una década, entre 1976 y 1987. Debuté a su lado con el Réquiem de Verdi y se produjo a partir de entonces una sintonía que guardo con especial satisfacción. Me refiero en primer lugar a una cuestión de calidad musical. Karajan ha llevado a la ópera a una dimensión que parecía imposible en términos de perfección, de profundidad. Pero es que además estar al lado de Karajan significaba jugar en la Champions League. Cuando te llamaba, sabías que ibas a estar con la mejor orquesta del mundo, con los mejores cantantes. Conocías que ibas a participar en las mejores producciones y en los teatros más importantes. Por todas esas razones puedo decir que mi carrera llegó a su punto culminante al lado de Karajan.
–¿Y dónde ha llegado la ópera en España? ¿Le sorprende el número de teatros que se han abierto? ¿Qué grado de responsabilidad tiene usted y sus colegas en esta democratización del fenómeno lírico ? –Sería pretencioso hablar de un protagonismo personal. Es verdad que mis colegas españoles y yo hemos podido ayudar a divulgar la ópera, pero creo que la transformación es de un orden cultural más profundo. Hemos subido peldaños en calidad de vida. Hemos prosperado. Y la cultura es uno de los síntomas que mejor transmiten la buena salud de una sociedad. Hay buenas y muchas razones para congratularse. Y es una alegría que hayan surgido tantos teatros y que se le haya perdido el miedo a la ópera.
–Usted regresa a ella el día 17. Un recital con obras de Scarlatti, Tosti, Puccini, Toldrá. ¿Ya ha superado el miedo escénico después de tantos años sobre el escenario? –Qué va. Me parece que voy a estar más nervioso y tenso que nunca. Supone para mí mucha responsabilidad estar a la altura de un homenaje tan importante y de una efeméride tan significativa. Además, el recital va a transmitirse en directo por la televisión catalana. Tengo que tener cuidado con las emociones. Y no me queda otro remedio que ser cínico conmigo mismo. Me refiero a que estoy obligado a abstraerme de todos los sentimientos que pueden aflorar. Es una de las facetas que un cantante debe siempre vigilar. La cuestión es emocionar al público. No emocionarse a uno mismo. Son los espectadores quienes tienen que sentir.
Un testimonio más de Carreras. Esta vez un artículo del propio tenor publicado en el El Periódico:
Ciao, Luciano
"Se ha ido un icono de la ópera y de la música, una de esas estrellas que aparecen solo de vez en cuando y un ser humano extraordinario. Era un gran cantante, pero además de eso fue para mí un amigo que me brindó una magnífica relación y me permitió disfrutar de una personalidad generosa y estravertida que transmitía una resuelta filosofía de vida. Por eso es difícil encontrar las palabras para expresar lo que siento con la triste pérdida de Luciano Pavarotti.
La dimensión artística de Luciano ha sido la de un superstar, solo comparable en la ópera a la de Caruso o Callas. Él contribuyó decisivamente a que el arte lírico trascendiera más allá del propio espectáculo. En EEUU empezó a demostrar que su talento tenía acomodo en el Metropolitan pero también en el Madison Square Garden. Fue un pionero de la popularización de este arte y una estrella capaz de trascender más allá de la ópera. Lo demostró con la apertura hacia otros campos, que le permitió colaborar con figuras pop como Sting, Bono o Brian Adams. Era un intérprete de voz solar, extensa, situada entre el lírico ligero y el tenor spinto. De ahí surgía una sonoridad culminada con luminosos agudos que le permitía abordar todo tipo de repertorios y gestionar su tesitura vocal con la naturalidad que daba un canto sin artificios.
De mi experiencia a su lado, con el proyecto de los Tres Tenores, tengo recuerdos imborrables y un montón de anécdotas. Era un tipo divertido y positivo. Cada nuevo concierto era una experiencia lúdica, en el escenario y fuera de él. En estos momentos me llega la imagen de la primera gala en Caracalla, con él secándose el sudor con su pañuelo, pero siempre atento a sus compañeros y a las exigencias del público.
Pero no amaba sólo la música. Era un tipo abierto a la vida y un gran conversador. Le gustaban todas las artes y era un aficionado a la buena mesa y al fútbol. Fan de la Juventus, tenía siempre un debate a punto: con Plácido Domingo, sobre el Madrid; conmigo, sobre el Barça. Pero nunca nos peleábamos. Siempre prevalecía ese buen espíritu que nos ayudaba a sortear la presión de esos conciertos. Artista gigante, amigo de sus amigos y siempre abierto a propuestas solidarias.
Ciao, Luciano. Será imposible olvidar tu legado.
"Me siento un privilegiado por haber estado cerca de Luciano Pavarotti, sin duda uno de los tenores más importantes de la historia y una gran persona, con una filosofía de vida muy interesante, extravertida, rica en matices, de mentalidad abierta.
Le visité últimamente en dos ocasiones durante su recuperación y le vi animado, manteniendo su optimismo, como él siempre encaraba las cosas. Por eso quienes le queríamos aún esperábamos el milagro. Hablamos incluso de la posibilidad de hacer un último gran concierto de los Tres Tenores, gratuito y en un lugar muy especial. Pensábamos en la plaza Roja de Moscú.
Conmigo se portó siempre de una forma muy afectuosa y cordial. Acudí a oírle cantar en una quincena de óperas, pero sólo colaboramos juntos en los conciertos de los Tres Tenores, de los que tengo un recuerdo extraordinario. Yo soy un profesional de la ópera, pero también soy un gran amante de la ópera y de las voces de tenor, y la suya era muy emocionante, solar, única, de emisión fácil y gran extensión. El secreto de su técnica era conseguir que la voz, en realidad de tenor lírico-ligero, tuviera un volumen sonoro o una presencia mayor, como la de un tenor spinto.
De nuestras reuniones de amigos recuerdo sus constantes bromas, su habilidad con la cartas—en especial en el póquer, el mus no logré que lo aprendiera—y su pericia para preparar la pasta y unas grandes ensaladas. "Tomemos ensalada, que no engorda", decía, pero lo cierto es que en aquellas ensaladas ponía de todo... Conservaré un recuerdo maravilloso del colega, pero aún mucho más del amigo.
«Las entradas se agotaron el primer día que se supo que Josep Carreras y Sara Baras iban a actuar conjuntamente en el Festival Jardins de Cap Roig (Girona) y los responsables de la organización tuvieron que programar una segunda actuación».