Dos interesantes retratos, en algunos puntos contradictorios, sobre Claudia Muzio, "por el hermoso timbre de su voz y el impresionante magnetismo de sus interpretaciones, una de las grandes sopranos de su tiempo", en palabras de Miguel Patrón Marchand.
Pasen y lean, y escuchen su canto luego. Y cuéntennos después si, como dice Lauri-Volpi, su dulzura aún les suena dentro:-)
«Los argentinos la llamaron la "divina Claudia" y, verdaderamente, divina estaba en la representación de "Casta diva", de "Norma" y en el aria del "Trovador": "d'amor sull'ai rosee".
Su canto se podría definir mejor que recordando las palabras de Dante en el episodio de Casella: "cuya dulzura todavía me suena dentro".
La voz de Claudia Muzio era más bien limitada, pero adquiría resonancias insospechables, porque en cada nota suspiraba un sentimiento vibrante. Esto le capacitaba para afrontar la tesitura inhumana de "Turandot" y la sobrehumana de "Norma", los ímpetus humanísimos de Santuzza y la resignada sumisión de Desdémona.
Grande y feliz artista en el escenario, como modesta y desgraciada en la vida, la Muzio salió del teatro del mundo con sordina, con el índice en los labios: "No os mováis, estaos quietos, no os molestéis por mí"».
«Analizando la voz que nos llega a través de los discos, descubrimos que poseía un "timbre lírico-spinto", cuya principal virtud era la exquisita morbidez unida a un fraseo muy personal. Las interpretaciones son siempre convincentes, dentro del gusto imperante en ese tiempo; y su modalidad, un tanto declamatoria, se extendía aun a las obras belcantistas.
Estudiando su repertorio y sabiendo sus posibilidades y limitaciones, podemos decir que el verismo era el terreno más propicio para su lucimiento: también Puccini —a quien no consideramos enteramente verista— y el Verdi de los últimos tiempos.
No estaba naturalmente dotada para el canto de agilidad, y su triunfo en Norma fue más escénico que vocal; allí jamás podría haber competido con Ponselle ni con Raisa.
El primer acto de su celebérrima Traviata era un escollo para ella, y se le transportaba el Sempre libera. Su Addio del passato, en cambio, no ha sido superado.
Ni remotamente la podemos imaginar como protagonista de Turandot: su timbre no tenía ni un asomo de afinidad con la acerada y tensa tesitura de la princesa china. En todo caso, hubiera sido una estupenda Liú.
Ya enferma y amargada dejó grabada una serie de discos para la Columbia en los que la voz, a pesar de dificultades de fiato e insuficiencias en el agudo, muestra ese carnoso, terso e inconfundible timbre que la hiciera tan famosa durante tantos años».
• 100 grandes cantantes del pasado. Miguel Patrón Marchand. Editorial Andrés Bello. Santiago de Chile, 1990.
'Ombra di nube' (la angustia y la esperanza; súplica apasionada para que las oscuras nubes que enturbian el sol desaparezcan), de Licinio Refice, compuesta expresamente para la divina Claudia y grabada por la soprano para el sello discográfico Columbia en 1935.
Al año siguiente, el 24 de mayo de 1936, a los 47 años, Claudia Muzio desaparecía para siempre. Falleció en el Albergo Majestic, su residencia habitual en Roma, Via Veneto 50, a las 7,35. Pasaba por una mala racha. Ya no contaba con la férrea sombra protectora della sua mamma. Siempre se sospechó, como en el caso de la otra Divina, que se suicidó.
Grabación en vivo y en directo de Manuel Ausensiy Giuseppe Di Stefano en 'La traviata'. Procede del archivo del propio barítono y debemos tanto honor a la generosidad de Munguía (gracias mil:-)).
No se me despisten, que tras los casi dos minutos de bravos y aplausos, el gran Ausensi bisa la segunda mitad del 'Di Provenza'.
—Yo me preguntaba si tendría don para el canto y, cuando Kraus reinauguró el Villamarta en 1996, fui el primero en sacar las entradas. Me animaron para que entrara en el coro, pero yo le daba vueltas y, al final, ya ves... Ángel Horta, mi formador junto a Jerónimo Sánchez, me indujo a estudiar canto y colgué las botas de fútbol. Con Los amantes de Teruel, Felipe Bou —bajo y príncipe Gremin en Onegin— y Paco Santiago, me propusieron ir a Madrid a estudiar con Kraus. ¿Qué utopía! —exclama—. ¿Aquello era impensable! Pero entré en la Escuela Superior de Música Reina Sofía y tuve de maestros a Alfredo Kraus, Suso Mariategui, Edelmiro Arnaltes y Teresa Berganza.
Cuando me llamaron para la audición no pensaba ser admitido. Había sesenta personas, cantó un barítono argentino, lo escucharon nueve segundos y le dieron las gracias. A mí me preguntaron qué cantaría y, como tenía claro que cantaría lo que Kraus cantaba como nadie, con más cara que nadie también le dije: «Maestro, con su permiso, cantaré La Traviata». Él me miró a través de sus gafitas y me dijo: «Cante, cante». Y la canté entera. El pianista me miró, me indicó que esperara y Kraus dijo: «Gracias. Vuelva mañana». Al día siguiente éramos veinte y Kraus me preguntó: «¿Qué cantará?». Maestro, «¿canto lo mismo? Él asintió y a las dos frases me detuvo: «No, esa o no puede ser más grande que la i; corrija». Al terminar, me acerqué, le pedí hacerme fotos y me despedí. Él me dijo: «Tranquilo; nos veremos pronto». Nunca me sentí sólo su alumno, me trataba como amigo, me comentaba cosas y me recibía en su casa.
—Tras su muerte, se preguntaría qué sería de su futuro en la ópera.
—Fue duro. La cátedra se paró y volvimos con Teresa Berganza, la gran dama del canto y señora entre señoras. Ella fue quien me otorgó el premio Reina Sofía que me entregó la propia Reina.
—¿Y cómo se siente quien no tenía intención de dedicarse a la ópera, cuando lo aplauden por bulerías en el Villamarta?
—Eso sólo lo sabe quien lo vive. Un tenor que nace en Jerez (Cádiz) y es acogido así. Porque yo soy consciente de que si me aplauden lo mereceré pero, ¿cuidado! que en el Villamarta y, de esa manera, no aplauden a cualquiera. El Villamarta es algo muy serio y muy considerado en el mundo y la crítica jerezana es muy dura. Yo me esfuerzo, me siento cómodo, lo hago bien y recibo respuesta. Con los aplausos en Onegin me emocioné. Pero debo decirte algo: a Kraus, con cuarenta y cinco años y en plenitud de su carrera lo criticaron. Una vez me dijo: «Yo he recibido críticas horrorosas». Cuando debuté con La Traviata en La Fenice, dijeron: Alfredo no es ni la sombra de Alfredo. Y la gente no puede escuchar a Pavarotti en Rigoletto y compararlo conmigo. Pavaroti tiene 50 años, una gran madurez personal y física que no tenía con treinta años y ha cantado trescientos Rigolettos. Esto es como los vinos. Hay que dejarlos que maduren.
(...)
—Su ídolo es Kraus y ¿además? Por otra parte, ¿cuáles son sus metas?
—Después de Kraus, Pavarotti. Me encanta la cuerda de tenor. Y mis metas: el día a día y los teatros importantes. Sueño con una carrera de treinta años.